En el corazón de Oeste, donde el poder de Nemo Bandeira era tan tangible como la niebla del Atlántico, existÃa una sastrerÃa que era mucho más que un simple negocio. Era un santuario de secretos, un archivo de lealtades y traiciones medido en metros de tela y puntadas invisibles. Su guardián era Antonio, un hombre cuyo rostro era un mapa de arrugas y silencios, y cuyas manos, aunque expertas con la aguja, habÃan conocido el frÃo peso de herramientas mucho más letales.
A este lugar sagrado llegó Mario Mendoza, la encarnación de la nueva era: un lobo joven, hambriento y criado a la sombra del león enfermo. Para él, la sastrerÃa era un anacronismo, un eslabón débil en la cadena de poder que estaba decidido a romper. Adquirir ese local no era un negocio, era un acto simbólico: era arrancar una página de la historia de Nemo para escribir la suya propia con la tinta de la arrogancia.
Entró con la confianza de quien se sabe el futuro. El aire olÃa a tiza, a lana cara y a un tiempo que Mario despreciaba. Vio a Antonio, inclinado sobre una mesa de corte, y lo vio como a un fósil.
«Vengo a comprarle el local, Antonio», dijo Mario, su voz cortando el silencio. No era una oferta, era un decreto.
Antonio no levantó la vista de inmediato. Terminó de trazar una lÃnea con su tiza, un gesto preciso y tranquilo que destilaba una calma mortal. Luego, se irguió lentamente, sus ojos clavándose en Mario. No eran los ojos de un comerciante, eran los de un centinela que ha vigilado la noche durante décadas.
«Hay jóvenes que entran aquà queriendo un traje que les quede grande», comenzó Antonio, su voz rasposa como un hilo de lino crudo. «Creen que una buena tela puede ocultar una mala postura. Que la seda puede disimular la cobardÃa».
Mario sonrió, una mueca de impaciencia. «Déjese de metáforas, viejo. Póngale un precio».
Fue entonces cuando Antonio dio un paso adelante. El olor a tiza fue reemplazado por algo más antiguo, algo que a Mario le recordó al hierro frÃo y a la tierra removida. «Yo no vendo trajes, muchacho. Yo tomo medidas. Y he tomado medidas a hombres mucho más grandes que tú». Se detuvo, a escasos centÃmetros de un Mario que, por primera vez, sintió que el aire se enrarecÃa.
«Y siempre entrego el traje a tiempo para el funeral».
La frase no fue un grito, fue un susurro que resonó en el alma de Mario como un veredicto. En ese instante, no vio a un sastre. Vio a un juez, a un verdugo, al guardián de un cementerio de secretos del que Nemo Bandeira era el rey. Comprendió que esa sastrerÃa no estaba construida con ladrillos, sino con los huesos de los enemigos de Nemo, y que Antonio habÃa sido el arquitecto. El «traje» del que hablaba no era de tela, sino de madera de pino.
Mario Mendoza, el hombre que planeaba devorar un imperio, retrocedió. No por una amenaza fÃsica, sino por el peso aplastante de una historia que no conocÃa y un poder que no podÃa comprar. Se retiró de la sastrerÃa no como un conquistador, sino como un intruso que acaba de descubrir que la vieja casa que creÃa abandonada estaba, en realidad, habitada por fantasmas que aún podÃan matar.
Antonio lo vio marchar y, con la misma calma imperturbable, volvió a su mesa de corte. HabÃa una nueva medida que tomar, una nueva amenaza que registrar en su memoria de sastre. La guerra de Mario por el trono apenas comenzaba, pero en esa pequeña tienda, la vieja guardia le habÃa recordado que, para llegar al rey, primero hay que sobrevivir a sus peones. Y los peones de Nemo Bandeira habÃan enterrado a reyes.