El padre Benedict Chao deja un legado de fe después de 108 años de vida

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El padre Benedict Chao deja un legado de fe después de 108 años de vidaLa comunidad católica internacional despide al padre Benedict Chao, considerado el monje trapense más anciano del mundo y uno de los últimos testigos de una generación religiosa que enfrentó la persecución comunista en China. El sacerdote falleció el 31 de julio de 2026, a los 108 años, en la isla de Lantao, Hong Kong.

Su historia no solamente destaca por su extraordinaria longevidad. Benedict Chao dedicó 79 años a la vida monástica y ejerció el sacerdocio durante 77 años, atravesando guerras, persecuciones, desplazamientos y la reconstrucción de su comunidad lejos del lugar donde había comenzado su vocación.

Su despedida representa el cierre de una etapa histórica para la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia, conocida popularmente como los trapenses. El religioso fue testigo de algunos de los periodos más difíciles para las comunidades religiosas católicas en China.

Quién fue el padre Benedict Chao

Benedict Chao nació en 1918 en Chengting, localidad situada en la provincia china de Hebei. Desde muy joven sintió el llamado a la vida religiosa y, en 1941, cuando tenía 23 años, ingresó en la comunidad cisterciense de la Abadía de Nuestra Señora de la Alegría.

Su decisión significaba abrazar una existencia basada en la oración, el silencio, el trabajo y la convivencia fraterna. Los monjes trapenses siguen la Regla de San Benito y buscan combinar la vida contemplativa con las labores necesarias para sostener a la comunidad.

En 1947 realizó su profesión solemne, mediante la cual asumió definitivamente sus compromisos religiosos. Dos años después, en 1949, recibió la ordenación sacerdotal y comenzó un ministerio que se prolongaría durante más de siete décadas.

Una vocación puesta a prueba por la historia

Los primeros años de su vida religiosa coincidieron con un periodo de enorme inestabilidad. La comunidad monástica había sufrido los efectos de la guerra y la ocupación japonesa.

La situación se hizo todavía más difícil con los cambios políticos ocurridos en China. Las comunidades religiosas fueron sometidas a fuertes restricciones y numerosos religiosos fueron arrestados, expulsados o perseguidos.

La comunidad de la que formaba parte Benedict Chao tuvo que enfrentarse a circunstancias cada vez más difíciles y varios de sus integrantes terminaron abandonando el país.

El último testigo de una comunidad perseguida

La figura del padre Chao adquirió una relevancia histórica especial porque conservaba la memoria de aquella generación de monjes trapenses chinos. Su trayectoria permitió mantener vivo el recuerdo de una comunidad que tuvo que abandonar su lugar de origen debido a la persecución religiosa.

La persecución afectó profundamente a las comunidades católicas. Monasterios fueron cerrados y religiosos se vieron obligados a esconderse, trasladarse o abandonar China.

Los acontecimientos de aquella época también están relacionados con la historia de los llamados 33 mártires de Yangjiaping, un grupo integrado por religiosos chinos y extranjeros que sufrieron la persecución durante aquellos años.

Benedict Chao logró salir de China y comenzó una etapa marcada por el exilio. Su vida se convirtió en un testimonio de resistencia, pero también de reconstrucción. A pesar de haber perdido el monasterio donde había comenzado su formación, mantuvo su compromiso con la vida monástica.

El exilio que lo llevó hasta Canadá y Estados Unidos

Después de abandonar China, el padre Chao llegó al monasterio de Notre-Dame-des-Prairies, situado en Manitoba, Canadá. Allí encontró refugio y pudo continuar desarrollando su vocación religiosa.

También pasó un periodo en una abadía de Utah, Estados Unidos. Durante esa etapa aprendió técnicas relacionadas con la elaboración de queso, un conocimiento que posteriormente tendría utilidad para el sostenimiento económico de su comunidad.

Los trapenses tradicionalmente realizan diferentes trabajos para contribuir al mantenimiento de sus monasterios. En distintas partes del mundo producen alimentos y otros bienes, integrando el trabajo manual dentro de su vida espiritual.

La reconstrucción en la isla de Lantao

Durante la década de 1950, los monjes que habían logrado salir de China comenzaron a organizar la reconstrucción de su comunidad en Hong Kong. Con el apoyo de monseñor Enrico Valtorta, entonces obispo de Hong Kong, recibieron un terreno en las alturas de la isla de Lantao.

El lugar representaba una oportunidad para comenzar nuevamente. Ocho monjes participaron en la construcción del nuevo monasterio, que fue inaugurado en 1956.

Los religiosos tuvieron que realizar un enorme esfuerzo para establecer la nueva comunidad y encontrar formas de generar ingresos que permitieran mantener la vida monástica.

El padre Chao formó parte de ese proceso. No se limitó a recordar lo que habían perdido, sino que ayudó a construir una nueva casa donde las siguientes generaciones pudieran rezar, trabajar y continuar la tradición trapense.

La comunidad recuperó posteriormente el nombre de Abadía de Nuestra Señora de la Alegría, vinculando el nuevo monasterio con sus raíces en China.

Una lechería para sostener la vida monástica

Los conocimientos adquiridos por Benedict Chao durante su estancia fuera de China también contribuyeron al desarrollo de la comunidad. En la década de 1980 participó en la creación de una lechería trapense.

El proyecto ayudó a generar recursos y permitió que los monjes sostuvieran sus actividades. La iniciativa reflejaba uno de los principios tradicionales de la vida benedictina: unir oración y trabajo.

Más allá de su función económica, la lechería representaba la capacidad de los religiosos para adaptarse a nuevas circunstancias sin abandonar su identidad.

Más de dos décadas guiando a la comunidad

El padre Benedict Chao sirvió como prior de la abadía desde 1974 hasta 1998. Durante ese periodo tuvo la responsabilidad de acompañar espiritualmente a los monjes y orientar diferentes aspectos de la vida comunitaria.

Su liderazgo estuvo marcado por la experiencia acumulada durante años de dificultades. Sabía lo que significaba perder un monasterio, comenzar nuevamente y mantener la esperanza en circunstancias adversas.

En 1999, la comunidad de Lantao fue reconocida formalmente como una abadía autónoma. Posteriormente recuperó oficialmente el nombre de Abadía de Nuestra Señora de la Alegría.

Una existencia marcada por la oración y el trabajo

Benedict Chao vivió 79 años como monje y 77 como sacerdote. Estas cifras resumen una vida de extraordinaria constancia, pero no explican por completo las experiencias que atravesó.

Durante casi ocho décadas mantuvo una rutina centrada en la oración comunitaria, la celebración de la Eucaristía, el trabajo y el silencio. Vio cambiar el mundo, presenció profundas transformaciones políticas y fue testigo del crecimiento de nuevas generaciones dentro de la Iglesia.

Su longevidad le permitió convertirse en un puente entre la antigua comunidad de Hebei y la abadía reconstruida en Hong Kong. Los monjes más jóvenes pudieron conocer a través de él una parte de su historia que de otro modo habría permanecido únicamente en documentos.

El monje trapense más anciano del mundo

A los 108 años, el padre Chao era considerado el monje trapense de mayor edad en el mundo. Sin embargo, quienes recuerdan su trayectoria destacan principalmente su fidelidad a la vida religiosa y su contribución a la reconstrucción de la comunidad.

Su historia muestra cómo una persona puede atravesar escenarios profundamente difíciles sin abandonar sus convicciones. El religioso convirtió el exilio en una oportunidad para reconstruir y puso sus conocimientos al servicio de otros.

Según la información difundida por Vatican News, su vida estuvo marcada por la entrega, la oración, el trabajo y la fraternidad. Su funeral fue programado para el 14 de agosto de 2026 en Hong Kong.

Una despedida que cierra una etapa histórica

La partida del padre Benedict Chao no representa únicamente la despedida de un sacerdote longevo. También marca el final de una etapa vinculada a los monjes que vivieron la persecución y posteriormente participaron en la reconstrucción de la comunidad trapense en Lantao.

Su legado permanece en la abadía, en las personas que acompañó y en las generaciones de religiosos que encontraron allí un lugar para desarrollar su vocación.

La comunidad católica lo recuerda como un hombre que dedicó prácticamente toda su vida adulta al servicio religioso. A pesar de la guerra, el exilio y las pérdidas, permaneció fiel al compromiso que asumió cuando tenía solamente 23 años.

El padre Chao deja una historia de perseverancia difícil de olvidar. Su vida representa un ejemplo de continuidad, reconstrucción y servicio después de atravesar algunas de las circunstancias más difíciles de su época.

Que descanse en paz el padre Benedict Chao y que su testimonio permanezca vivo en quienes conocieron su extraordinaria historia.